La Inteligencia Artificial ya no actúa silenciosamente en segundo plano, limitándose a analizar datos o automatizar tareas rutinarias. Se comunica con fluidez, aprende de forma continua, adapta su comportamiento y, cada vez más, es capaz de engañar con un nivel de sofisticación que antes estaba reservado a adversarios humanos.
Los vídeos deepfake, las voces sintéticas y las identidades generadas por IA ya pueden imitar a personas reales con una precisión inquietante. Para muchas organizaciones, el reto ya no es detectar un correo de phishing mal redactado, sino determinar si la persona al teléfono, en una videollamada o dentro de un hilo de correos es realmente quien dice ser.